JANE DIGBY


Para ser un auténtico aventurero o aventurera necesariamente tienes que tener un espíritu libre, quizás algo de egoísmo y no mirar atrás. Todo eso es Jane Digby, pero no en el siglo XXI, sino en plena época victoriana. Dejó todo por amor, no una vez sino cinco. Y en el todo están sus maridos, sus hijos (seis de cuatro padres diferentes), su familia y su posición social. Nunca se arrepintió ni perdió la capacidad de amar. Sólo halló el amor verdadero cuando no lo perseguía, tenía por aquel entonces cincuenta años, una desahogada situación económica, ningún sitio donde descansar o regresar, y un deseo, una pasión más fuerte que su salud y seguridad: conocer Palmira. En Siria encontró la felicidad al lado de un jeque a quién doblaba la edad y en sus brazos murió, el 11 de agosto de 1881, a los 74 años”.

Además de francés, alemán e italiano, conocía las lenguas clásicas. Más tarde y debido a su cosmopolita vida y pulsión amorosa, llegó a dominar nueve idiomas incluido el árabe, que leía y escribía a la perfección. Tenía un talento especial para el dibujo, la acuarela y la música, era buena pianista y tocaba la guitarra y el laúd, le encantaban las artes y especialmente la historia antigua y contemporánea.

Jane era guapa, culta, deportista, segura de sí misma, había sido educada en un agradable ambiente, tanto material como cultural, rodeada de amor y de cariño, de forma que pudiera llegar a ser una gran dama, lo que posiblemente le atraía poco. Nadie, sin embargo, le explicó que debía disimular su forma de ser, reprimir sus pasiones en una sociedad victoriana, hipócrita y con doble moral, en un mundo en el que la clase alta predicaba las virtudes de la vida familiar pero la infidelidad estaba a la orden del día y en el que el interés, el egoísmo y el dinero eran casi la única razón de ser.

Viajaban en las peores condiciones (no había otra manera) en barcos a veces de carga, piraguas, camellos, a pie, con porteadores. Dormían al raso, manejaban machetes y escopetas como el mejor guerrero, se enfrentaban a bandidos, saqueadores, tribus desconocidas, estaban en el campo de batalla, convivían con animales salvajes, pero no prescindían de sus corsés, enaguas, sombreros, faldas hasta los pies, camisas abrochadas hasta la barbilla, y en cuanto tenían cuatro paredes y un techo, decoraban sus casas como un auténtico cottage británico. Por supuesto viajaban, como en el caso de Jane, con su juego de té, vajilla, cubertería, sábanas de hilo, camisolas para dormir, etc. A diferencia de los hombres solían ir solas, sin protección ni escolta alguna. No estando poseídas por la vanidad de ser las primeras, tenían tiempo para disfrutar de las pequeñas cosas, del paisaje, de la vida cotidiana, se involucraban con los habitantes del lugar y amaban profundamente esas tierras desconocidas, llenas de peligros y dificultades. Algunas, incluso, las convertirían en su hogar.

Posiblemente la poca atención de su marido, que añoraba a su primera esposa, fallecida poco antes, y sus infidelidades, unido al carácter rebelde y empedernidamente romántico de Jane, fueron el principio de tres décadas en las que amores apasionados, rupturas dramáticas, nacimientos y muertes de hijos, y un constante peregrinar por toda Europa, rompieron el corazón de esta excepcional mujer, que nunca aceptó integrarse en la sociedad victoriana.

Se enamoró del país y de sus gentes y, sobre todo, del jeque Medjuel, responsable del buen gobierno y la protección de su tribu beduina. Las privaciones, el riesgo, las enfermedades, una cultura totalmente desconocida, pero por fin algo por lo que merecía la pena luchar y sacrificarse. Vivirá una gran historia de amor: oasis, armas, ladrones, harenes, política, violencia, celos, viajes, sexo, explosión de sentidos, superación, belleza. De todas sus aventuras puede que la más difícil y atrevida fuera la de casarse con un beduino e integrarse en su mundo como una más. No sabemos de ninguna otra viajera que lo hiciera.

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