SAMOVAR


El samovar institucionaliza la ceremonia del té y la vida rusa comienza a girar alrededor de este aparato. El teatro y la literatura recorren la huella de este ritual hoy indisociable de las costumbres de ese pueblo .

La dueña se instaló ante el samovar y se quitó los guantes —relata Leon Tolstoi—. Los invitados, tomando sus sillas con ayuda de los discretos lacayos, se dispusieron en dos grupos: uno al lado de la dueña, junto al samovar; otro en un lugar distinto del salón, junto a la bella esposa de un embajador, vestida de terciopelo negro, con negras cejas muy señaladas. Esto que pinta el gran novelista en su inmortal "Ana Karenina" es, hacia finales del siglo XIX, una escena cotidiana entre todas las clases sociales.



Claro está la forma, diseño y material con que estaba hecho el samovar marcaba la diferencia de estatus. Las veleidades aristocráticas trasforman a este aparato ,que consiste en un recipiente tapado, con asas y canilla en la parte externa y una chimenea en la central, en un conjunto sobreactuado de bandeja, tetera, fuente de goteo y precalefacción de tazas. La prolongación de las chimenea y su remate superior perfecciona la estética o alimenta los caprichos de los nobles o de sus mujeres. Nacen así samovares para todas las necesidades. Una familia pequeña puede conformarse con uno de cinco litros. Pero en lugares públicos, como las estaciones ferroviarias, escuelas y oficinas, se apela a aparatos de hasta 30 litros.


Realizados originalmente en latón, a poco de andar se incorpora el bronce y, en su apogeo, surge el samovar de plata y luego los modelos de cobre niquelado. A medida que se asciende en la escala social, se va reemplazando un material por otro, y llegan incluso a incorporar detalles exquisitos, como manijas aislantes hechas en minerales especiales, de marfiles o de maderas perfumadas.


Como toda costumbre asentada, la producción de samovares requirió de una industria cuyas primeras expresiones se remontan a comienzos del siglo XIX. el sello A. V. Batashev de Tula señala un fabricante de la más antigua prosapia, pero además, indica a Tula, una ciudad a 200 km. de Moscú, famosa, justamente, por la producción de samovares.

Según la tradición, los rusos beben su té alrededor del samovar en cuatro momentos del día. A la mañana, el té se bebe con crema o leche cruda, pan de centeno, manteca, tocino y huevos cocidos. Después del almuerzo, se acompaña con una porción de torta dulce. A la hora de la merienda, lo ideal es el pan blanco y también tortas y masas variadas. Tras la cena, se bebe té solo.



Hay otra curiosidad que se daba entre las familias aristocráticas: los hombres bebían el té en vasos altos, con base de plata ornamentada. Las mujeres, en cambio, en delicadas tazas de porcelana. Sin embargo, ninguna ornamentación ni caprichoso utensilio empaña el placer de estar sentado, con un tibio té entre las manos, alrededor de un samovar humeante que abriga, con su ritual, el cuerpo y el alma.

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