EL PUÑAL EN LA GARGANTA

Ayer, hablando con mi marido, surgió un tema que a los dos parece provocarnos, como mínimo, perplejidad. Se trata de la delgada línea que separa el amor del odio a veces. Cada 4 minutos se rompe una pareja en España, parece que estamos en cabeza en la UE por este motivo. Pero, a mí, más que la estadística, lo que me parece sorprendente es que dos personas que se han amado, que han forjado un proyectos de vida en común, que se han intuido a través de miradas cómplices, que han buscado la urgencia de la piel del otro... de repente se odien a muerte y su objetivo de vida sea la declaración de guerra abierta al otro. No estoy diciendo, los que me conoces saben que no soy de generalizaciones, que todas las parejas rotas pasen por este proceso, pero sí digo, porque lo veo con mucha frecuencia, que es algo bastante habitual.
Hoy he leido un relato que viene al hilo de esta conversación, y que además sé que a mi marido le va a encantar, por su autora. Así que os dejo el principio, y el vínculo para los que quieran leerlo entero, os lo recomiendo.

EL PUÑAL EN LA GARGANTA, Rosa Montero

"Tengo una foto en mis manos. Somos nosotros, Diego y yo, antes de que todo comenzara. Es una imagen del principio, primordial. Tengo un polvillo blanquecino en mis dedos. Son los restos del veneno que le sirvo todas las tardes en el vaso de sake: en cada toma un miligramo más. Es una evidencia del deterioro, terminal. El polvillo ha manchado la foto, de la misma manera que el sórdido presente mancha los recuerdos hermosos del pasado. Están contaminados esos recuerdos, tan envenenados como la copa de aguardiente.
Miro ahora la foto y no le reconozco. Es el rostro de un hombre que se sabe amado: resplandece. Y era yo quién le amaba, aunque ahora no atino a saber cómo ni por qué.
Hace seis meses que nos hicimos este retrato, apretujados en un fotomatón de la estación de Atocha, cuando llegamos a Madrid. Hace seis días que empecé a echarle los polvos en la copa. Las mujeres somos buenas envenenadoras: es un arte final que nos es propio. A los hombres les gusta matar con grandes exhibiciones de violencia, como si se sirvieran del asesinato no sólo para librarse de un enemigo, sino también para hacer una demostración de poderío. Y así, estrangulan, apalean, descoyuntan y degüellan. Sobre todo aman las navajas, los cuchillos, las hojas afiladas. Los temibles hierros penetrantes. Si me oyera el psiquiatra diría que estoy obsesionada con los símbolos fálicos. En realidad era un psiquiatra muy malo. Gratis, de la Comunidad. Sólo fui un par de veces, cuando empezaron a sucedernos cosas raras.
Pero decía que los hombres gustan de matar violentando los cuerpos desde fuera, mientras que las mujeres preferimos la destrucción interior, que es más sutil. Somos especialistas en este tipo de asesinatos y gozamos de una larga tradición intoxicadora: desde la madrastra de Blancanieves a Lucrecia Borgia. A fin de cuentas, preparar una pócima letal es muy parecido a preparar una sopa de gallinas, por ejemplo. Quiero decir que es una cosa de nutrición, que todo se queda entre pucheros. El envenenamiento como parte de la gastronomía."