SILENCIO



Shhh, ven, no es necesario que digas nada, lo sé, lo sé. Sé que no es posible para ti y para mí. Siempre fue suficiente una mirada. Saboreamos el sonido del silencio, supimos dejar que todo fluyese, para que todo se fundiese con la ausencia de palabras, palabras no necesarias porque, en aquellos momentos, nuestras almas se conocían, se intuían. Tu mano, todavía ahora siento tu mano sobre mi rostro, y el tiempo se desliza lento para permitirnos olvidar la fugacidad imperativa de ese nuestro tiempo. Pero, ahora lo entiendo, esa fugacidad no era tal. Nos conocimos, ese fue nuestro regalo. El tiempo, el silencio, las palabras, las miradas, la conexión, los momentos, los aromas, los paisajes compartidos, todo, ¿cómo calificar de fugaz lo que es eterno? Porque eterno e inmutable es lo que queda en mí, y también en ti, porque lo que forjamos está bordado con hilo metálico en el alma. Empiezo a comprender que nuestro tiempo juntos no tenía porqué ser el preludio de todo nuestro tiempo juntos. Tú me acompañaste en el despertar de mi alma, quizás esa fue tu misión en mi vida, y no creo que pueda haber una misión más bella, ni creo que pueda haber un acompañante más leal. Yo quiero pensar que también estuve a tu lado, de tu mano, para darte el impulso que necesitabas en la búsqueda de tus sueños, y sé que mi paseo junto a ti ha sido cristalizante. Por eso ahora, puedo decirte adios sin que la despedida suponga un trago amargo, y con una sonrisa dulce y serena. Ahora puedo aceptar el silencio, ese silencio que compartimos de la mano, ahora mi mano se separa de la tuya para caminar en otra dirección y permitir que tú lo hagas. Sé feliz, amor, encuentra allá donde te guíen tus pasos la felicidad que mereces y la sabiduría para permitirte reconocerla. Y ahora, shhhhhh, no digas nada, ven, un último beso. Te amo.


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